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Tras un año lleno de trabajo, del cual por supuesto no me quejo sino que lo agradezco y del cual viví cada segundo al máximo, me encuentro tomando unos días de descanso para despedir el año y recibir el nuevo con toda la energía posible.
Ahora me encuentro en St. Barth, conocida en castellano como San Bartolomé, como Saint Barth en francés o Santa Bárbara en inglés. Es un territorio de ultramar de Francia, entre las islas de Sotavent, en el Caribe, que integran las Antillas francesas, y es el único que ha sido históricamente una colonia sueca.

Llegando a St. Barth
Sobre una roca árida de 21 km² se cruzan iguanas, cactus cirios y playas de ensueño, pero también yates, celebridades y tiendas de lujo… Esta isla criolla de carácter independiente, transformada en puerto franco por los azares de la historia y hoy en día liberada de la tutela administrativa de la Guadalupe, es sin duda la más singular de las Antillas francesas.
En esta bellísima isla se goza durante la mayor parte del año de un clima ideal. Nubes blancas pasean de forma habitual sobre un cielo azul, y la brisa templada de los alisios suaviza el calor de un sol tropical balanceando simultáneamente las palmas de los cocoteros.
Aquí, la oferta de alojamiento se compone de 70% de villas de lujo y de 30% de hoteles. Al contrario de lo que ocurre en la mayoría de los otros destinos turísticos del Caribe, el alquiler de villas privadas, de bungalows y de apartamentos está muy desarrollado en St. Barth. Todas las posibilidades son íntimas y ofrecen un ambiente relajado y una elegancia natural.
En San Barth, la gastronomía es considerada como un arte de vivir, un estilo de vida, bastante más allá que el simple “comer para vivir”. Esta pasión fuerza a los chefs a ser creativos y a cuidar sus recetas tanto como su mesa. Existen numerosos restaurantes con ricas y variadas cartas, proponiendo una cocina fresca y ligera, o más consecuente con un delicioso menú a la francesa.
Imposible no probar la cocina criolla en una isla situada en le corazón del archipiélago caribeño. Algunos restaurantes proponen platos típicos antillanos, como el cangrejo relleno, el boudin de pescado, la christophine (legumbre típica de las Antillas) al bacalao y, por supuesto, los célebres accras (buñuelos). Las aguas de St Barth son ricas en langostas y se pueden probar a la parrilla o en salsa. Algunos restaurantes poseen su propio vivero que permite elegir la langosta para que el chef la prepare.
Aquí, como en Francia, no hay una comida sin un buen vino. Cada platillo debe maridar con uno específico, los sabores del plato y los aromas del vino aumentando mutuamente su valor.
Otro destino del que gozaré estas vacaciones es Miami, ciudad a la que me encanta ir por todo lo que ofrece. Es un destino turístico de sol y playa por excelencia, un paraíso tropical que todo el mundo debería conocer.
Miami es diferente al resto de ciudades estadounidenses. Su privilegiada ubicación al sur de Florida lo convierte en un destino turístico en el que se puede disfrutar de un clima cálido durante prácticamente los doce meses del año.
Sus espectaculares playas son codiciadoas la mayor parte del año gracias a sus interminables extensiones de arena blanca combinadas con su agua de un color azul son el escenario perfecto para unas inolvodables vacaciones.
Aunque las playas son un gran atractivo, también hay infinidad de actividades y lugares para visitar, como en el Parque Nacional de los Everglades, disfrutar de un café al más puro estilo cubano en Little Havana, pasar un día divertido con los animales de Jungle Island o sentarse en alguna de las terrazas de Ocean Drive para observar el ambiente especial de South Beach.
La vida nocturna es muy variada, los restaurantes, bares y discotecas las hay para todos los gustos. Todos quienes visitan Miami están listos para regresar cuando sea posible.
Y con tremendas vacaciones, es imprescindible disfrutar de un delicioso champagne, como Dom Perignon.
Siempre presente en las celebraciones, bodas, nacimientos, inauguraciones y todo momento de gran alegría… Ese es el champagne que todos amamos y que con sus cristalinas burbujas nos alegran cada segundo cuando lo degustamos.
Y la creación de esta gran bebida se la debemos a un monje benedictino que vivió en el siglo XVII en Francia y quien manifestó su objetivo de producir “el mejor vino del mundo”. Y no iba tan lejos. De ahí nació Dom Perignon, definitivamente uno de los mejores champagnes del mundo y que muchos catalogan como el rey del champagne.
Fue en 1668, cuando el Padre Pierre Pérignon se hizo cargo de su puesto de jefe de la bodega de la Abadía Benedictina de Hautvillers (cerca de Epernay y de Reims) y su ambiciosa aspiración significó un espíritu visionario y una audacia extraordinaria al tratarse de un joven monje de 30 años. Pero tuvo éxito, pues transformó la historia del vino y, hoy en día, es reconocido mundialmente como el padre espiritual del champagne. A él se le atribuye el descubrimiento del método champenoise.
La primera cosecha de Dom Pérignon fue de 1921 y sólo fue puesta a la venta en 1936, después de la Gran Depresión. Y a partir de ese momento, las botellas de este champagne han desfilado en importantes eventos.
Dom Pérignon ha perpetuado hasta la actualidad el enfoque visionario que le imprimió su fundador, una visión que continúa expresando la esencia del verdadero lujo: la reinvención continua de lo excepcional.
Esta reinvención se ha convertido en la guía de Richard Geoffroy, el actual jefe de cava de Dom Pérignon, mientras crea cada nueva cosecha de champagne. Tal como él mismo dice, “Las uvas nunca son iguales de un año para otro. Si una cosecha no cumple con las estrictas normas de Dom Pérignon, entonces no habrá añada de champagne este año. No es un juicio de valor sino un criterio estético”.
Hace poco, Geoffroy creó un blog con el que comienza una nueva era y lanza una gran primicia en la historia del champagne, con el cual busca brindar una visión más extensa de este vino a blogueros seguidores del lujo en la red y consumidores de la marca.
Haciendo un Dom Perignon
La cosecha de Dom Pérignon alcanza a los 5 millones de botellas anuales. Es un champagne de uva chardonnay y pinot noir. Siempre utiliza para la elaboración de su vino uvas cosechadas en el mismo año, cosa que no hacen todas las marcas de champagne.
La preparación de cada cosecha involucra un gran trabajo de assemblaje y ajustes -que cada ocasión es diferente- antes del misterioso balance que las uvas “blancas” y “negras” (chardonnay y pinot noir) Don Pérignon puedan alcanzar.