Una vieja amiga siempre me decía que ella tenía “memoria olfativa”, que le quedaban grabados en la memoria los olores de cada lugar que visita: sabía definir a qué olía Nueva York, qué aroma era el sello de Barcelona y cuál era el olor predominante en Milán.
Prácticamente cada semana, mi agenda tiene un ítem que dice “Hoy Cata”. Movida por la curiosidad y el amor al vino, acompaño a grandes sommeliers locales en el apasionante viaje sensorial de degustación.
Mucha gente, tras leer las notas de cata (resumen de todo lo que sugiere un vino al degustador) nos dicen, algunos con verdadero interés y mis amigos, sobre todo, con tono a burla: “No sabía que el vino se hace con ciruelas, melón, rosas, vainilla, tabaco, chocolate, cuero o que le agregan mantequilla”.
Algunos más audaces, suelen preguntar si se usa uva.
A ellos les respondo, que solo tiene uva y que nada se le agrega, pero para el sólo objeto de tratar de aclarar el tema, les doy un tip un poco técnico. Con referencia a los aromas que se perciben en un vino, la descripción se hace directamente por analogía, es decir por la semejanza o el recuerdo de otro aroma que tenemos muy claro y que podemos reconocer con relativa facilidad (nadie dudaría del olor a naranja, por ejemplo).
Desde ya reconozco que no es algo exacto; por el contrario, hay una gran flexibilidad para describir a estos olores y tiene mucho que ver con cada persona. Por ejemplo, cuando alguien dice reconocer en un vino aromas a almendras y otro a nueces, seguramente los dos tendrán razón ya que ambos frutos tienen estructuras químicas parecidas.